Es cierto, es dogma de fe y así se reza en el Credo: Jesucristo bajó a los infiernos. Ninguno de los dolores provocados por hombres en la Pasión podía ser comparable al dolor que Dios creó para sus enemigos.

Cuando bajó Jesucristo a los infiernos yo le impedí el dolor: Yo no iba a torturarle. Sujeté con mis manos, con mi dolor y con mi sangre todas las fuerzas del hades que le amenazaban. Yo perdoné a Dios. No era misericordia. Era astucia. Le enseñé lo que significa perdonar al enemigo; y, sobre todo, le impedí su objetivo: el dolor. El efecto fue el mismo que si Pilatos le hubiese amnistiado, o que se hubiesen perdido los clavos antes de su crucifixión: su pasión fracasó. Al resucitar le faltaba el dolor. Al resucitar no le reconocieron. Los discípulos le veían a diferencia del Lázaro resucitado envuelto en un resplandor que no tenía nada de humano. Resucitaba con toda la gloriosa apariencia de Dios; pero no pudo volver a ser hombre. Le faltaba el dolor, le faltaba el dolor y le faltaba el miedo. Le faltaba el dolor de los hombres, el dolor del Diablo, el dolor del Infierno, todo el dolor que yo siento. ¿Por qué crees que no se presentó en el templo tal como había anunciado para proclamar su triunfo?.

A partir de ahí, cada vez que en su espantoso juicio condene a una criatura al Infierno, ésta alcanzará una dimensión desconocida por Él, algo irresolublemente distinto e irreconciliable, una cualidad del ser inaprehensible para Dios. Ésta es la jugada maestra, el jaque mate: por muy bien que lo estudie con su magnífica inteligencia, Él no alcanzará el dolor absurdo. No es Dios quien cierra la puerta del Infierno, soy yo quien le impide el paso hasta que se quede solo, hasta que su creación se le haya escapado. (Pg. 297...)