| UNIVERSIDAD | |
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Al atardecer del tercer trimestre está encendido en el Tormes, como última luminaria de una esplendorosa tarde de primavera estudiantil, el rabioso concierto de las ranas. En Salamanca, en la españolísima Salamanca, la rana tiene hidalguía heráldica. El humilde y solemne batracio, como se ha dicho, tiene carácter supersticioso, legendario, artístico y académico como allí mismo explican ex cathedra, claro está que ex cathedra, gitanos mocitos del rinconete y del cortadillo, tirando del moco para arriba, antes de dirigirse al visitante curioso que lo busca risueño e insolentemente plantado sobre la profunda hondura mística, filosófica y sobrenatural de la calavera de la fachada quimérica de la siete veces Centenaria Universidad de Salamanca. La rana es todo un símbolo, una referencia, una reflexión, una sonrisa no se acierta a desvelar si pícara o nostálgica y casi una bandera. Viendo la rana sobre la calavera no se sabe qué pensar, si en lo absurdo de la fugaz existencia, si en lo divertido de la Eternidad, o si en todas las igualmente disímiles contradicciones propias. No se sabe qué pensar; tampoco se sabe si es porque se sea la indocta rana o la hueca calavera. A estas horas, sobre la balconada que hace el jardín de ciencias sobre el Tormes, son dos los sonidos que se sienten; sí, sólo dos, porque el murmullo del agua bañado por el último rayo de sol agostizo es ahora imperceptible y porque esos estudiantes que allí se abrazan hacen sigiloso hogar entre sus sueños, bebiéndose hasta las escurrajas de esa su primera emoción y de esa su primera intimidad llena de esperanzas y promesas. La ranas, eso sí, se oyen como un trallazo de calentura al viento contenido del crepúsculo y hacen de su croar un chabacano y ramplón himno gigante a los cielos infinitos. También los vencejos, que a esa hora bajan a vertiginosas velocidades, rasgan con sus chillidos histéricos y agudos esa apacible quietud del momento en que parece querer dormirse el día. Resulta un contraste luminoso, un contrapunto o un contratiempo acústico imperfecto, disonante y magistral para el atardecer de la ciudad sabia: la rana cazando insectos a lengua ballestera por mucho que salte nunca llegará al cielo y el vencejo por mucho y veloz que baje a boca abierta cazando insectos, nunca se posará en la tierra. En medio, los estudiantes, ajenos a todo discurso y lección ya a esas horas, se funden en un beso. Mientras tanto de tajas abajo cada cual vive de su trabajo, los gitanos mocitos del rinconete y del cortadillo están tirando del turista: "Si me das algo, te explico la Universidad y te explico la rana". (Pg. 265...) |