EL PATIO CHICO
Seguramente el rincón más íntimo, más romántico, con mayor solera de toda Salamanca, sea el Patio Chico. El Patio Chico está justo en el punto donde se unen las dos catedrales de Salamanca. Sí. Porque Salamanca tiene dos catedrales, o al menos dos templos que en su momento fueron catedral. Llámase Catedral Vieja al antiguo edificio románico coronado con la famosa Torre del Gallo que cuando Salamanca empezara a tener dimensiones nacionales que luego serían universales, se amplió para darse la cabida y solemnidad que se había ido ganando aquella sede de la primitiva Escuela Catedralicia que luego fuera Universidad, aquella sede del juicio a los caballeros templarios, panteón nobiliario y hasta sede de concilios; y se amplió tanto y tanto por uno de los brazos del crucero que se levantó la Nueva Catedral, la que fuera oro en sillares de soto en las riberas del Tormes. Allí está el Patio Chico, justo en el cordón umbilical de las dos catedrales.

El lugar es de por sí mágico. No es sólo arte lo que se respira en el Patio chico, no es sólo historia, la historia que le otorga la proximidad del Pendón de Castilla, el que blandieran aquellos comuneros en su guerra contra el emperador Carlos y que se guarda en la Catedral Vieja. No es sólo tradición aunque esté próxima la capilla donde todavía se celebran cultos según el rito mozárabe; no es sólo tragedia, aunque allí fueran quemados vivos los caballeros templarios; tampoco es la magia que pueda rezumarse de la cueva de Salamanca, muy próxima al lugar y donde es tradición que allí impartiera saberes prohibidos el mismo Diablo; tampoco es la magia de la bruja Celestina; aunque el Huerto de los enamorados a quienes perdió su filtro de Amor está justamente enfrente de la Catedral Vieja, al otro lado, en el Patio Chico. Es un lugar mágico porque en él conviven cabalísticamente las Tres Eses: Saber, la Universidad; Sentir, el Arte; y Soñar, la noche en el Patio chico. Es un lugar mágico porque allí se oye el ruido del mar, al menos, el viento, al filtrarse por entre las almenas de la Catedral Vieja, parece tener reflejos de salitre. Es un lugar mágico porque el mismo sonido se condensa, porque el espíritu se encoge, porque el alma se ve transportada a otra época difícil de precisar o quizás eterna. De noche, el cielo parece tener allí boquete y las estrellas parecen precipitarse, al menos, están muy cerca. Es el cielo de esa Castilla, de día siempre despejado, siempre luminoso, de noche, siempre transparente, siempre perlado; y es allí y con el viento, donde más tiemblan las estrellas.

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